Despertar

Publicado en Trama el noviembre 19, 2008 por Delrick

Eli lo encontró sentado solo en el último balcón del edificio más alto de Falkirk, la torre de vigilancia. Le había visto ir a aquél lugar en otras ocasiones desde el incidente en el que murió Daelia y sabía que probablemente allí estaría. Delrick no se giró a mirarla cuando se sentó a su lado. Su mirada seguía perdida en el horizonte por el que el Sol estaba ya saliendo.

- No has ido a la reunión del consejo… – empezó Eli
- No pensaba ir.

Hubo un silencio tenso. Eli cogió aire y lo intentó de nuevo.

- Si sigues comportándote así, vas a conseguir que te echen de la guardia y la guardia te necesita. Le estarás fallando a mucha gente – hizo una pausa, pero Delrick no respondió. – ¿Es que no te importa ya ni siquiera eso?

Delrick tampoco respondió esta vez. El sonido de un ave volando por el cielo interrumpió el silencio durante unos momentos, pero éste volvió a imponerse de nuevo. La visión de la gran llanura ante ellos no mejoraba la situación. Los habitantes de Falkirk y de los pueblos-fortaleza de los alrededores sabían que gran parte del mundo se había quedado así tras el impacto de aquél meteorito. La humanidad había sobrevivido al golpe, pero aún estaba por ver si podía sobrevivir a las consecuencias.

- Las personas necesitan protección – prosiguió Eli. – Necesitan ayuda para seguir adelante. El consejo administra bien la ciudad, pero tu sabes, todos sabemos que no es suficiente. Sois tú y tus chicos los que habéis mantenido Falkirk en pie desde hace años.

Delrick seguía sin reaccionar.

- No me puedo creer que seas tan irresponsable. No puedo creerme que tu, Delrick, no estés preocupado por el futuro de este lugar al que has defendido con lágrimas y sangre y…
- ¡Para ya!
- No voy a parar, Delrick. Tu mismo te acabas de delatar. Tu conciencia no está tranquila.
- ¿Pero qué te pasa, chica?¿Por qué de pronto estás tan jodidamente parlanchina?
- Porque estoy tan preocupada por ti, como tu lo has estado siempre por todos nosotros. – lo miró fijamente a los ojos, sin timidez ni miedo. Delrick le devolvió la mirada y finalmente explotó.
- Mira Eli, estoy harto de todo y de todos. El consejo está formado por idiotas anormales que creen que la burocracia debe prevalecer sobre el resto de cosas o por gente tan jodidamente corrupta que serían capaces de sacrificar a toda su especie solo por un poco más de poder y riqueza. La gente normal de a pie, sin embargo, no quiere darse cuenta de ello. En la guardia nos dejamos no sólo la piel, sino la carne, la sangre y la vida ahí fuera machacando a esos hijos de puta que nos atacan día si y día también y sin embargo nos tratan como si fuéramos el jodido perro faldero del jodido maldito consejo. ¡Si me echan, que me echen!¡A tomar por culo con todo!¡Estoy harto de tener que preocuparme por toda esta mierda!¡Harto!

Calló cuando se dio cuenta de que los guardias de abajo habían salido a ver qué sucedía. Cuando vieron su gesto, se metieron de nuevo adentro. El silencio volvió a adueñarse del lugar.

- ¿Tanto te duele la muerte de Daelia? – dijo la muchacha. – ¿Tanto que quedas totalmente anulado? Tres meses de luto son suficientes en los tiempos que corren, ¿no crees?
- ¿Y tú que vas a saber? Daelia era muy importante para mí. Lo mejor que me ha pasado nunca. – se puso en pie, molesto. – El día en que conozcas a una persona a la que puedas amar así, comprenderás por qué siento lo que siento.

Eli se puso en pie y se acercó a Delrick. Le obligó a darse la vuelta para que la mirase directamente. Sin que el chico pudiera siquiera darse cuenta de qué sucedía, la muchacha le dio una sonora bofetada en toda la cara. Aprovechando la sorpresa y el desconcierto, luego lo cogió por el cuello y lo besó con extraordinaria pasión. Finalmente se apartó y le lanzó una mirada seria, casi amenazante.

- Tu pudiste disfrutar de la persona a la que amabas durante un tiempo. Algunos ni siquiera recibimos eso, así que no te atrevas a volver a decirme algo así. Y, por supuesto, no te atrevas a volver a hablarme en tu vida, Delrick.

Y acto seguido, se marchó escaleras abajo, dejando tras de sí a un muy sorprendido Delrick que trataba de asimilar una situación que se le había escapado por completo de las manos. Aún se quedó varias horas más sentado en aquella torre de observación. Pero por una vez, se dio cuenta de que estaba volviendo a usar su cerebro, se dio cuenta de en qué situación se encontraba y por fin, tras tres meses de agonía autoprovocada, tomo una decisión.

El hombre roto

Publicado en Trama el febrero 4, 2008 por Delrick

La cantina estaba casi vacía. De hecho, el interior de la fortaleza, donde vivían los que no se encargaban de la defensa, tardaría un rato en llenarse de nuevo con toda la actividad cotidiana. El peligro había pasado, la alarma había cesado y la gente estaba saliendo de los refugios subterráneos donde se ocultaban. Las calles vacías de Falkirk daban la impresión de que el pueblo-fortaleza había sido arrasado completamente.

Rasputin era uno de los cantineros de Falkirk. Era un hombre de mediana edad, cercano ya a los cincuenta, calvo y con un brazo mecánico que tenía desde hacía casi diez años. No había demasiados lugares donde beber y el suyo siempre estaba bastante lleno. Tiempo atrás había formado parte de la defensa de Falkirk, pero había dejado la guardia cuando perdió su brazo. Desde entonces, se había dedicado a su cantina en cuerpo y alma.

Cuando Rasputin llegó al local volviendo del refugio, vio a Delrick sentado en una mesa junto a un vaso y una botella del whisky que se destilaba allí. Aquel hombre que ahora estaba encorvado sobre la mesa, con una barba de tres días, llevando su pelo castaño oscuro largo y despeinado y con los ojos enrojecidos no se correspondía con el que había conocido tiempo atrás. El Delrick que él había conocido era alguien fuerte y en aquel lugar solo se sentaba un cascarón vacío. Tenía veintiséis años, pero daba el aspecto de alguien mayor y mas maltratado por la vida en aquellos momentos.

- ¿Otra vez bebiendo? Me sentiría contento si por una vez hubieras venido a verme a mi y no a la botella.
- Hoy no tengo ganas de discutir. Déjame en paz… – pidió Delrick apesadumbrado.
- No voy a discutir pues – Rasputin se dirigió a la barra -. Pero por más botellas que vacíes, no la vas a recuperar…

Aquella frase le golpeó como una piedra contra la cabeza. Alzó el vaso con una mano y miró al cantinero que estaba de espaldas a él. Se debatió consigo mismo durante unos segundos y luego bajó el brazo. Luego se quedó sentado, mirando a la nada y rellenó su vaso casi hasta arriba. A penas tenía hielo en la bebida ya.

- Si no soy bienvenido, dilo y me voy. – respondió Delrick hoscamente.

Rasputin se giró y lo miró frunciendo el entrecejo. Se le acercó en dos grandes zancadas y lo cogió por la solapa, levantándolo y luego lo empujó contra la pared. La botella se escapó de las manos del joven y se rompió contra el suelo. El cantinero, entonces, le dio una bofetada en la cara.

- ¡Eres un gilipollas! ¡¿Se puede saber que cojones dices?! ¡Me he pasado media vida cuidando de vosotros! ¡¿Y así me lo agradeces?! ¡¿Crees que eres el único que lamenta la pérdida de Daelia?! ¡Pues no! ¡No lo eres! ¡Y ahora…!- Rasputin había perdido la paciencia pero la recuperó de golpe cuando se dió cuenta de que Elisa, la chica que trabajaba de camarera, estaba en la entrada mirando sin decir nada. Soltó a Delrick, quien se dejó caer al suelo. -…ahora puedes irte al puto infierno si tanto te apetece…

Rasputin volvió a la barra mientras Elisa entraba. Era una joven de veinticuatro años de ojos verdes y cabello rubio platino, algo extraño en aquel lugar. No solía hablar demasiado, pero se dedicaba a sus tareas con dedicación y eficiencia. Miró con aflicción como Delrick se ponía en pie de nuevo y se sentaba en la mesa. Se colocó el delantal que utilizaba para servir en las mesas y luego se acercó a recoger el estropicio de la botella rota en el suelo.

- ¿Puedes traerme otra botella, Eli? – le pidió Delrick
- Ni hablar. A ése individuo ya no se le sirve nada más de alcohol en lo que queda de día. – espetó Rasputin sin mirarlo mientras colocaba bien vasos y platos en un armario.
- Lo siento… – dijo Elisa, y se alejó con los trozos de la botella.

Delrick no respondió. En aquel momento empezaron a llegar los primeros clientes. Habría unos cuantos hoy. Siempre venían muchos cuando la gente salía de los refugios. Había que templar los nervios ante el miedo provocado por esas situaciones y el alcohol era un buen aliado en esa tarea. Siguió sentado en su silla mirando al vaso con la mirada perdida mientras el local terminaba de llenarse.

Cuando ya se disponía a levantarse, alguien se acercó a su mesa. Era un anciano vestido con una sencilla túnica azul oscura y unos pantalones negros. Llevaba un bastón para ayudarse a andar y sus cabellos blancos y largos eran ya de sobras conocidos por todos: Era Dwerdan, el miembro más viejo del consejo de Falkirk. Uno de los pocos supervivientes del Gran Cataclismo.

- Hola, Delrick.
- Hola, anciano Dwerdan… – Delrick apartó la mirada.
- ¿Puedo sentarme? – le preguntó el viejo.
- Adelante… de todos modos, yo ya me iba.
- He venido a hablar contigo. Fui a buscarte a tu habitación, pero me dijeron que te encontraría aquí, seguramente.
- Pues entonces usted dirá, anciano. – dijo desganado
- ¿Qué te está pasando? Mírate bien. Estas aquí, medio destruido. Parece como si tu vida no valiese más que cualquier mota de polvo del suelo. ¿Tan afligido te sientes?¿Vale la pena estar así por algo de lo cual no eres responsable?

La sincera preocupación de Dwerdan conmovió a Delrick, pero éste no respondió a sus preguntas. No se atrevía siquiera a mirarle directamente a los ojos. Aquel hombre había estado cuidando no solo de él, sino también de Daelia, Richy, Rasputin y del resto de gente que había conocido desde hacía mucho tiempo. Sabía que el anciano había venido expresamente a ver como estaba y se sentía como un traidor, como el hijo rebelde que se comporta de forma estúpida. Sin embargo, la verdad era que todo le daba igual.

- Bien – prosiguió Dwerdan -. Vengo a decirte que has sido convocado ante el consejo. Gaufolknar ha presentado una denuncia contra ti para que te expulsen de la guardia. Dice poseer pruebas irrefutables de que estas cometiendo irregularidades. Se rumorea que incluso podrían meterte en la mazmorra un tiempo. – Esperó la reacción de Delrick. Éste lo miró al fin.
- Usted me ha ayudado en otras ocasiones. Ambos sabemos que Gaufolknar me considera un grano en su culo, pero no puede tener pruebas de nada irregular, porque no he hecho nada irregular. Cuento con usted para que esa tontería no llegue demasiado lejos y… – vio el rostro del anciano y calló. – Esta vez parece que no va a ayudarme, ¿no?
- No voy a dejar que vayas a la mazmorra Delrick. Pero no puedo consentir que sigas en la guardia estando en ese estado. Voy a hacer que te expulsen temporalmente. En este estado solo vas a encontrar la muerte de forma fulminante y eso podría ser peligroso para los hombres que estuvieran contigo. Si tu quieres matarte, hazlo solo. – sentenció Dwerdan.

Hubo un momento se silencio y entonces Dwerdan se levantó.

- Se te cita dentro de dos horas en la sala del consejo. Intenta venir sobrio. – Otro momento de pausa. – Pensaba que no estabas tan mal, pero no voy a tolerar que te conviertas en ese alma en pena que pareces estar empeñado en ser.

Dwerdan salió de la cantina y Delrick volvió a quedarse solo. Luego se levantó de la silla y echó un vistazo a la barra, hacia Rasputin. Éste negó con la cabeza de modo desaprobatorio. Finalmente, salió del local y se perdió entre las calles. No necesitaba la aprobación de nadie. No necesitaba la compasión de nadie. No necesitaba nada de nadie. Echó a andar por las calles sin un rumbo fijo.

Realidad

Publicado en Trama el enero 31, 2008 por Delrick

La vio sentada en el balcón, vigilante como siempre con el rifle de largo alcance a su lado. Su pelo brillaba bajo la luz de la luna, negro como el azabache, liso y sin llegar a cubrirle los hombros. Llevaba una camisa de tirantes de color verde oscuro y unos pantalones anchos negros con unas botas altas de tipo militar. Así era Daelia, siempre tan preparada. Siempre tan vigilante.

Se acercó a ella y le pasó las manos sobre los hombros. Notó un ligero sobresalto y luego se dejó hacer. Sonrió un poco, lo cual no hacía a menudo. Nadie sonreía en esta época. La abrazó y le dió un suave beso en el cuello. Luego ella se giró entre sus brazos y se besaron. Delrick cerró los ojos disfrutando del beso.

Cuando los abrió, sin embargo, todo había cambiado. A su alrededor solo había fuego y destrucción. Nada en pie. La cara de Daelia estaba pálida y salpicada con gotas de sangre. Miró hacia abajo y vio un enorme agujero en su vientre. Sus ojos lo miraron mientras se vidriaban. Se oyó el clamor de unas sirenas distantes, las que se usaban para avisar del peligro de los monstruos.

- ¡Daelia!¡No! – gritó al tiempo que abría los ojos y se incorporaba en la cama. Estaba sudando.

De nuevo había soñado con ella, con su muerte. ¿Cuanto había pasado? Hacía ya tres meses que la había perdido y aún no había conseguido olvidarla. No es que tuviera muchas ganas de ello, por otra parte. Su historia amorosa había sido corta pero intensa y Delrick sabía que era muy poco probable que algo así volviera a repetirse jamás, aún aunque él tuviera ganas.

Sonaban de fondo las sirenas alertando del peligro que lo habían despertado. Un ataque de nuevo. Se puso en pié de un salto y se puso una camiseta gris y las botas. Tomó su abrigo largo, era aún de noche y hacía frío. Luego cogió la escopeta y salió de su habitación.

Fuera era todo un caos. La gente corría en una u otra dirección, según si se iban a refugiar a los sótanos de emergencia o si iban a la defensa del pueblo-fortaleza de Falkirk. Delrick se dirigía hacía ese último lado cuando se encontró con Richy. El chico tenía solamente dieciseis primaveras, pero ya había demostrado agallas y determinación en más de una ocasión.

- ¡Lobos de caverna!¡Una manada entera y además van con crías!¡Llegan por la puerta este! – le informó el chico. Era obvio que lo había ido a buscar.
- Vamos.

Llegaron hasta la puerta este. Había alrededor de una docena de hombres con fusiles, ametralladoras y otras armas preparadas frente a la puerta por si las criaturas llegaban a cruzarla. Sin embargo, la defensa empezaba en el balcón superior. En cada puerta había uno, donde estaban apostadas varias torretas. Las de la puerta este ahora rugían con fuerza.

Delrick subió hasta el balcón por las escaleras y contempló la escena. Los lobos de caverna no eran lobos en el sentido estricto de la palabra, aunque guardaban ciertos parecidos y se suponía que estos provenían de los antiguos lobos. Como todos los animales que existían, si se los podía llamar así, eran mutaciones provocadas por las guerras nucleares.

Estos monstruos eran cuadrúpedos deformes cuyo comportamiento era, en cierto modo, lobuno. Viajaban en manadas y tenían un líder, que normalmente era mayor que el resto. Tenían colmillos y morro, pero carecían de pelaje. Y esto era todo lo que tenían en común con los lobos. No eran tan inteligentes pero si implacables y destructores y sus crías eran carroñeras, aprovechando los restos de lo que cazasen los adultos.

Ahora se acercaba un grupo bastante numeroso, quizás unos treinta o cuarenta individuos, incluso después de haber abatido a una decena casi con las torretas. Con tal número, iban a llegar antes de que las tres armas pudieran dar cuenta de ellos. Y si atravesaban la puerta iba a ser un desastre. Delrick volvió al interior.

- ¡Preparad dos Boogies!¡Quiero tres artilleros y un conductor en cada uno!¡Yo iré en el primero! – Los hombres empezaron a moverse según las órdenes de Delrick.
- ¡Quietos todos! – Interrumpió una voz desde la puerta que daba al interior de la fortaleza.

Todos se giraron para ver a un individuo sin pelo y con pequeños ojos marrones. Era bajito y no parecía muy fuerte y de hecho, siempre se hacía acompañar de dos matones que lo seguían a todas partes. Su nombre era Gaufolknar y era el líder formal del consejo de Falkirk. No era el gobernador, pero sus poderes a veces podían llegar a confundir al recién llegado.

- No tengo tiempo para esto, Gau. Esos lobos van a llegar en seguida. ¡Preparad los malditos Boogies! – dijo Delrick sin apenas mirar al hombrecillo
- Y nosotros no podemos malgastar combustible solo porque te apetezca salir a pegar tiros. Las ametralladoras darán buena cuenta de los lobos. – replicó Gaufolknar
- Las ametralladoras no bastarán. Si quieres, luego lo discutimos en el consejo, pero ahora hazte a un lado y déjame proteger mi pueblo. – Delrick se mostraba tranquilo. Los hombres le obedecieron y arrancaron el primer vehículo.
- Creo que no me dejas más remedio. Rack, Josh, cogedlo. – Los dos mastodontes se movieron en dirección a Delrick.

Sin embargo, éste reaccionó rápidamente y apunto con su escopeta al rostro del primero de los matones que se quedó quieto. Hubo un momento de tenso silencio con las ametralladoras rugiendo de fondo. Alguien en el balcón pegó un grito “¡Han llegado a la puerta!” y acto seguido de oyó un golpe sonoro y la puerta de metal quedó abollada.

Delrick miró a Gaufolknar serio sin dejar de apuntar a Josh. Gaufolknar emitió un gruñido de desaprobación, se dio la vuelta y se fue, ordenando a sus dos hombres que lo siguieran. Ambos lo hicieron, lanzando furibundas miradas a Delrick. Se oyó otro golpe. El segundo lobo había llegado.

- Mierda… – susurró Delrick. – ¡No podemos dejar que rompan la puerta!¡Los que lleváis ametralladoras, cubrid la entrada!¡Tu y tu conmigo en el coche!

Montó rápidamente en el vehículo junto a los dos hombres que había elegido y el conductor. Se puso de pie dentro del coche atándose con una correa a una de las barras del chasis. Los otros dos lo imitaron. Los lobos golpeaban la puerta con fuerza.

-¡Abrid y disparad!¡Ya! – gritó Delrick

Se accionó la apertura de las puertas y en cuanto asomó el primer lobo empezó el tiroteo. Para cuando las puertas se abrieron, el segundo lobo había caído. Ahora se podía ver como más monstruos estaban intentando ganar las puertas. El boogie arrancó y fue a su encuentro. Las puertas tras ellos volvieron a cerrarse mientras Delrick y los otros abrían fuego contra las criaturas.

Diez minutos más tarde ya había terminado. Cuando Delrick y los otros volvieron a entrar en la fortaleza, los demás defensores estaban cantando una canción de victoria que ya se había convertido en una tradición. Hubo golpecitos en la espalda para Delrick y los otros. Sin embargo, Delrick se retiró del lugar en cuanto pudo acompañado de Richy.

- Como siempre, has estado fantástico – le dijo el chico para animarlo. Caminaban por los pasillos del interior del pueblo-fortaleza mientras la gente volvía a sus quehaceres.
- Gracias…
- No se que sería de Falkirk sin alguien como tu, de verdad. Ese estúpido de Gaufolknar debería cerrar su bocaza y…
- Está bien, Richy. No hace falta que repitas lo mismo cada vez. – le interrumpió Delrick
- Bien, bien. Ya te dejo en paz. Captado – Richy se detuvo y dejó de seguirlo. – Eh, Delrick tío. Tienes que empezar a olvidar, o acabará matándote. Y la gente depende de ti, incluso aunque no lo sepan.

Delrick no dijo nada y siguió caminando hasta quedarse solo. Se encaminó a la cantina. Después de una caza nocturna, siempre le apetecía un poco de licor y hoy no iba a ser una excepción.

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