El hombre roto
La cantina estaba casi vacía. De hecho, el interior de la fortaleza, donde vivían los que no se encargaban de la defensa, tardaría un rato en llenarse de nuevo con toda la actividad cotidiana. El peligro había pasado, la alarma había cesado y la gente estaba saliendo de los refugios subterráneos donde se ocultaban. Las calles vacías de Falkirk daban la impresión de que el pueblo-fortaleza había sido arrasado completamente.
Rasputin era uno de los cantineros de Falkirk. Era un hombre de mediana edad, cercano ya a los cincuenta, calvo y con un brazo mecánico que tenía desde hacía casi diez años. No había demasiados lugares donde beber y el suyo siempre estaba bastante lleno. Tiempo atrás había formado parte de la defensa de Falkirk, pero había dejado la guardia cuando perdió su brazo. Desde entonces, se había dedicado a su cantina en cuerpo y alma.
Cuando Rasputin llegó al local volviendo del refugio, vio a Delrick sentado en una mesa junto a un vaso y una botella del whisky que se destilaba allí. Aquel hombre que ahora estaba encorvado sobre la mesa, con una barba de tres días, llevando su pelo castaño oscuro largo y despeinado y con los ojos enrojecidos no se correspondía con el que había conocido tiempo atrás. El Delrick que él había conocido era alguien fuerte y en aquel lugar solo se sentaba un cascarón vacío. Tenía veintiséis años, pero daba el aspecto de alguien mayor y mas maltratado por la vida en aquellos momentos.
- ¿Otra vez bebiendo? Me sentiría contento si por una vez hubieras venido a verme a mi y no a la botella.
- Hoy no tengo ganas de discutir. Déjame en paz… – pidió Delrick apesadumbrado.
- No voy a discutir pues – Rasputin se dirigió a la barra -. Pero por más botellas que vacíes, no la vas a recuperar…
Aquella frase le golpeó como una piedra contra la cabeza. Alzó el vaso con una mano y miró al cantinero que estaba de espaldas a él. Se debatió consigo mismo durante unos segundos y luego bajó el brazo. Luego se quedó sentado, mirando a la nada y rellenó su vaso casi hasta arriba. A penas tenía hielo en la bebida ya.
- Si no soy bienvenido, dilo y me voy. – respondió Delrick hoscamente.
Rasputin se giró y lo miró frunciendo el entrecejo. Se le acercó en dos grandes zancadas y lo cogió por la solapa, levantándolo y luego lo empujó contra la pared. La botella se escapó de las manos del joven y se rompió contra el suelo. El cantinero, entonces, le dio una bofetada en la cara.
- ¡Eres un gilipollas! ¡¿Se puede saber que cojones dices?! ¡Me he pasado media vida cuidando de vosotros! ¡¿Y así me lo agradeces?! ¡¿Crees que eres el único que lamenta la pérdida de Daelia?! ¡Pues no! ¡No lo eres! ¡Y ahora…!- Rasputin había perdido la paciencia pero la recuperó de golpe cuando se dió cuenta de que Elisa, la chica que trabajaba de camarera, estaba en la entrada mirando sin decir nada. Soltó a Delrick, quien se dejó caer al suelo. -…ahora puedes irte al puto infierno si tanto te apetece…
Rasputin volvió a la barra mientras Elisa entraba. Era una joven de veinticuatro años de ojos verdes y cabello rubio platino, algo extraño en aquel lugar. No solía hablar demasiado, pero se dedicaba a sus tareas con dedicación y eficiencia. Miró con aflicción como Delrick se ponía en pie de nuevo y se sentaba en la mesa. Se colocó el delantal que utilizaba para servir en las mesas y luego se acercó a recoger el estropicio de la botella rota en el suelo.
- ¿Puedes traerme otra botella, Eli? – le pidió Delrick
- Ni hablar. A ése individuo ya no se le sirve nada más de alcohol en lo que queda de día. – espetó Rasputin sin mirarlo mientras colocaba bien vasos y platos en un armario.
- Lo siento… – dijo Elisa, y se alejó con los trozos de la botella.
Delrick no respondió. En aquel momento empezaron a llegar los primeros clientes. Habría unos cuantos hoy. Siempre venían muchos cuando la gente salía de los refugios. Había que templar los nervios ante el miedo provocado por esas situaciones y el alcohol era un buen aliado en esa tarea. Siguió sentado en su silla mirando al vaso con la mirada perdida mientras el local terminaba de llenarse.
Cuando ya se disponía a levantarse, alguien se acercó a su mesa. Era un anciano vestido con una sencilla túnica azul oscura y unos pantalones negros. Llevaba un bastón para ayudarse a andar y sus cabellos blancos y largos eran ya de sobras conocidos por todos: Era Dwerdan, el miembro más viejo del consejo de Falkirk. Uno de los pocos supervivientes del Gran Cataclismo.
- Hola, Delrick.
- Hola, anciano Dwerdan… – Delrick apartó la mirada.
- ¿Puedo sentarme? – le preguntó el viejo.
- Adelante… de todos modos, yo ya me iba.
- He venido a hablar contigo. Fui a buscarte a tu habitación, pero me dijeron que te encontraría aquí, seguramente.
- Pues entonces usted dirá, anciano. – dijo desganado
- ¿Qué te está pasando? Mírate bien. Estas aquí, medio destruido. Parece como si tu vida no valiese más que cualquier mota de polvo del suelo. ¿Tan afligido te sientes?¿Vale la pena estar así por algo de lo cual no eres responsable?
La sincera preocupación de Dwerdan conmovió a Delrick, pero éste no respondió a sus preguntas. No se atrevía siquiera a mirarle directamente a los ojos. Aquel hombre había estado cuidando no solo de él, sino también de Daelia, Richy, Rasputin y del resto de gente que había conocido desde hacía mucho tiempo. Sabía que el anciano había venido expresamente a ver como estaba y se sentía como un traidor, como el hijo rebelde que se comporta de forma estúpida. Sin embargo, la verdad era que todo le daba igual.
- Bien – prosiguió Dwerdan -. Vengo a decirte que has sido convocado ante el consejo. Gaufolknar ha presentado una denuncia contra ti para que te expulsen de la guardia. Dice poseer pruebas irrefutables de que estas cometiendo irregularidades. Se rumorea que incluso podrían meterte en la mazmorra un tiempo. – Esperó la reacción de Delrick. Éste lo miró al fin.
- Usted me ha ayudado en otras ocasiones. Ambos sabemos que Gaufolknar me considera un grano en su culo, pero no puede tener pruebas de nada irregular, porque no he hecho nada irregular. Cuento con usted para que esa tontería no llegue demasiado lejos y… – vio el rostro del anciano y calló. – Esta vez parece que no va a ayudarme, ¿no?
- No voy a dejar que vayas a la mazmorra Delrick. Pero no puedo consentir que sigas en la guardia estando en ese estado. Voy a hacer que te expulsen temporalmente. En este estado solo vas a encontrar la muerte de forma fulminante y eso podría ser peligroso para los hombres que estuvieran contigo. Si tu quieres matarte, hazlo solo. – sentenció Dwerdan.
Hubo un momento se silencio y entonces Dwerdan se levantó.
- Se te cita dentro de dos horas en la sala del consejo. Intenta venir sobrio. – Otro momento de pausa. – Pensaba que no estabas tan mal, pero no voy a tolerar que te conviertas en ese alma en pena que pareces estar empeñado en ser.
Dwerdan salió de la cantina y Delrick volvió a quedarse solo. Luego se levantó de la silla y echó un vistazo a la barra, hacia Rasputin. Éste negó con la cabeza de modo desaprobatorio. Finalmente, salió del local y se perdió entre las calles. No necesitaba la aprobación de nadie. No necesitaba la compasión de nadie. No necesitaba nada de nadie. Echó a andar por las calles sin un rumbo fijo.
Noviembre 19, 2008 a 11:27 am
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